11 de diciembre de 2011


Cada pensamiento escapa, inerte y fugaz, abandonando al pensador y dejando solamente cenizas.

3 de octubre de 2011

Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía
y en la escalera me siento a silbar mi melodía.Como quien viaja a bordo de un barco enloquecido,que viene de la noche y va a ninguna parte.

 Osquiero pequeñascomilonas-
    

26 de septiembre de 2011

Aviones a punto de salir, pasiones de gitanos, pequeña sonrisa de Amelieme tienes calado-

20 de septiembre de 2011








El ultimo dia las vi, estaban borrachas, tomaban vino en la latina y senti ganas de silbarlas, pensaba si vinieron aquí, un poco las daba, dile a bocino me cobren a mi, lo que beban esas damas. Que la tarde en madrid, me invitan a cerrar los bares, susurra un chaval y, como nos gustan los numeros sin pares.
Superhermanas, Pereza.

15 de septiembre de 2011

timetopretend

La noche

  Noche (Del lat. nox, noctis): Tiempo en el que falta la claridad del día. Así define la Real Academia esta palabra, y ciertamente todo ocurrió en una aciaga noche.
Por Ballarín- Marzo 2011




            La débil luz de la lámpara apenas conseguía disipar la penumbra que reinaba en la cocina. Aunque las paredes estaban pintadas de añil, me parece recordar que aquella noche la estancia tenía unos tonos más oscuros que nunca, como si presagiaran el luto. La sólida mesa de roble (regalo de bodas del ebanista del pueblo, un familiar de mamá), utilizada solo para las celebraciones especiales (los cumpleaños, las cenas de Nochebuena…) y las frecuentes tertulias de papá y sus amigos, esa noche de julio de 1936 sirvió para congregar a la familia por última vez. Fue la noche más larga de mi vida.

Debía ser medianoche. El horror y el miedo corrían de puerta a puerta, de casa en casa. Papá, nervioso, se asomaba por la ventana constantemente, y mamá —a quien recuerdo que le temblaban las manos— permanecía sentada y no paraba de sollozar. La abuela rezaba mientras pasaba una a una las cuentas del rosario. Yo no comprendía qué estaba ocurriendo. Cada vez que preguntaba a mis padres, me contestaban que no me preocupara, que estuviera tranquilo, que no pasaba nada. Pero yo, que había escuchado los disparos de aquella tarde, que había visto desde la ventana de mi habitación cómo la gente se apresuraba a entrar en sus casas, sabía que algo grave estaba ocurriendo. Como hacía días que no paraba de escuchar a los niños más mayores de la escuela que iba a haber una guerra, les pregunté a mis padres si había comenzado, pero volvieron a insistirme en que no me preocupara. Al rato, Ana, mi hermanita, que había percibido el nerviosismo de los mayores, se levantó de la cama. Apareció en la sala abrazando con fuerza a María, su muñeca de trapo. La cogí de la mano mientras mis labios dibujaban una falsa y tranquilizadora sonrisa.

Excepto Ana, ninguno de nosotros había cenado aquella noche. Desde la radio de la capital, que no paraba de difundir música militar, un locutor ofrecía de vez en cuando noticias sobre el avance de los sublevados. Papá no pudo seguir escuchando más y buscó en el dial otra emisora. En esos momentos sonaba El día que me quieras, de Carlos Gardel. Lo recuerdo porque era una de las canciones favoritas de la abuela, y siempre que la emitían la tarareaba. Cuando la abuela terminó de rezar hirvió agua en la cocina y preparó una manzanilla para calmar los nervios. Papá, a quien no le gustaban las infusiones, intentaba apaciguar su ansiedad a base de aguardiente.

La casa, pintada de blanco, estaba situada en la calle mayor del pueblo, que en aquel entonces estaba dedicada a Fermín Galán. Era estrecha y en el piso intermedio, el dedicado a vivienda, tenía un bonito balcón en el que mamá colgaba las macetas de geranios y claveles; sus flores eran la envidia de todo el vecindario. Alguien llamó a la puerta trasera, la que daba al corral. Todos nos sobresaltamos y mamá se puso aún más nerviosa. Volvieron a llamar, y la abuela fue la primera en reaccionar. Se levantó y fue decidida para averiguar quién era.

—¿Quién llama?— preguntó la abuela, intentando aparentar una voz serena y calmada.

Desde el otro lado de la puerta alguien contestó débilmente:

—Doña Amelia, soy Ana, la vecina. Ábrame por favor.

Ana era muy joven cuando se tuvo que casar con su prometido, un hombre bastante mayor que ella, que había emigrado a América y, después de diez años de sacrificios, había regresado al pueblo con una importante fortuna y con el propósito de formar una familia. La abuela abrió la puerta y Ana, que llevaba un bebé en brazos, se le abalanzó llorando.

—Un grupo de guardias civiles y falangistas se han llevado preso a Lucio ¿Qué le van a hacer, doña Amelia?—tartamudeó Ana.

Mamá, que también había salido para comprobar qué ocurría, hizo pasar a Ana hasta la cocina y se sentó con ella en la cadiera.

—Cuéntame lo que ha ocurrido cariño— le dijo mamá, intentando tranquilizarla.

Mamá y ella se conocían desde que iban a la escuela. Se querían tanto, que mamá quiso que mi hermana tuviera el mismo nombre que ella. Ana le dio detalles de cómo habían entrado las tropas en el pueblo, disparando a diestro y siniestro, y cómo habían detenido a su marido y se lo habían llevado, maniatado, a punta de pistola, entre insultos y culatazos. Le dijeron que se lo llevaban a “dar un paseo”. Mamá procuró tranquilizar a Ana, que no cesaba de llorar, y le sugirió que ella y el niño se quedasen con nosotros un tiempo, hasta que todo se solucionara.

—Mamá, ¿por qué se lo llevan a pasear? ¿No sabe pasear solo?— preguntó mi hermanita. La ingenuidad de su niñez hacía brillar sus ojos pardos.

Mamá no sabía qué decir. Fue a contestarle, pero yo, en mi inocencia, me adelanté y dije:

—No, tonta, los guardias civiles van a tu casa si te portas mal y se te llevan para castigarte. Nos lo dijo mosén Julián, el párroco, ¿no te acuerdas?

En cuanto terminé mi comentario, noté que mamá se molestó mucho. Todavía se puso más nerviosa y optó por no contestarme. Entonces se dirigió hacia papá, que continuaba fumando convulsivamente, y con los ojos anegados de lágrimas le preguntó:

—¿Qué hacemos contigo? Tienes que esconderte; en cualquier momento vendrán también a por ti, como han hecho con Lucio, y se te llevarán— Mamá se sacó el pañuelo de la manga y se limpió las lagrimas.

-¿Papá, a ti también te van a “llevar a pasear”? ¿Te podemos acompañar? —preguntó Anita.

Mamá y papá la ignoraron. La abuela se acercó a Anita y se la llevó cariñosamente a su cuarto, para distraerla. Por fin papá se decidió a hablar:

—No pienso esconderme, no soy ningún cobarde. No he cometido ningún delito, solo soy un simple concejal republicano. Tengo unos ideales y lucharé por ellos. Justicia, igualdad y libertad son algo más que palabras. Son metas, derechos. Sólo intento conseguir que viváis en un mundo en el que seáis respetados y podáis ser libres— Papá se puso en pie mientras hablaba.

Al oír eso, mamá se arrodilló en el suelo enfrente de él y le rogó que huyese al monte o que intentara esconderse en la casa de campo de sus padres, deshabitada desde la muerte de estos. Lloraba, lloraba mucho, era la primera vez que veía hacerlo a mi padre. Papá no contestó, se limitó a acariciarle el pelo y la besó.
—Te quiero; por favor…— susurró mamá, desesperada.

Me acerqué lentamente a ellos, les miré y los abracé. Mamá me dio un beso en la mejilla y papá me estrechó más hacia él.

-Cariño, hazle caso siempre a tu madre. Si algo me ocurriera, cuida de tu hermana y no dejes que le hagan daño alguno. Sé responsable. Cuando seas mayor entenderás que luché por un mundo mejor, en el que puedas reír, jugar, estudiar y trabajar cuando quieras y como quieras. Nadie debe arrebatarte tu libertad, no lo olvides— dijo papá.

Tal vez con el paso de los años mis recuerdos se nublen, pero aquellas palabras me quedaron grabadas para siempre, como si me las hubiesen marcado a fuego en la memoria.

El cansancio me pudo, me acurruqué en la mecedora y me venció el sueño. Ya casi amanecía cuando me desperté sobresaltado al oír un griterío que provenía de la calle. En ese momento, papá se asomaba a la ventana. Un grupo de hombres, uniformados con camisa azul, golpeaban con las culatas de sus fusiles a un hombre de tez morena, que permanecía maniatado. Era el tío Antonio, el hermano de papá. Se había resistido a salir de su casa por las buenas, se había negado a dejar a su mujer y a sus hijas solas, y había sido sacado a trompicones y entre insultos.

A papá se le encogió el estómago al reconocer a su hermano. Sabía que iban a matarlo. Papá no pudo aguantar más, entró a la despensa, cogió la escopeta que guardaba oculta encima de la alacena, la cargó y volvió a la salita. La abuela y Anita acababan de bajar del cuarto, asustadas por los gritos.

—Ha llegado el momento— Uno a uno nos abrazó, la tristeza inundaba sus ojos. Mamá se arrojó a sus brazos mientras gritaba desesperadamente que se quedase— Os quiero— y esa fue la última palabra que oí salir de sus labios.

Papá se armó de valor y salió de la habitación armado con su escopeta. Sus pasos se eternizaron, su caminar era el de un héroe. Cerró la puerta suavemente y salió a la calle.

Papá se fue con la aurora, y con él mi infancia.



A veces te levantas, tomas vuelo y enciendes motores. Caminas despacio, despiertas. Sigues en aire.

-Tú-
harta de tanta duda,
-yo- 
de preguntarle al viento, 
-tú- 
¿que dónde conocí a la luna? 
-¿yo?- 
¿que en qué coños ocupo el tiempo? 

Quinooo